Washington rechaza perfiles que califican de genocidio la conducta de Israel y estrecha la carrera por sustituir a Guterres, con América Latina como región favorita.
Estados Unidos está dificultando el proceso para elegir al próximo secretario general de Naciones Unidas. Lo hace rechazando a los candidatos que consideran que la conducta de Israel en Gaza es un genocidio, según el relato de fuentes diplomáticas recogido por El Mundo. El puesto que dejará Antonio Guterres sigue sin dueño claro.
La paradoja es que el mundo espera un liderazgo fuerte, pero los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad buscan lo contrario. «Si la Administración Trump continúa rechazando candidatos para secretario general de la ONU por calificar la conducta de Israel en Gaza como un genocidio, nos quedaremos solo con candidatos dispuestos a negar la realidad», advierte Kenneth Roth, que dirigió Human Rights Watch durante tres décadas.
El mecanismo formal es conocido. Los aspirantes hacen campaña durante meses y el Consejo de Seguridad celebra votaciones internas, los llamados straw polls. En ellas cada miembro marca si apoya, rechaza o se abstiene sobre cada nombre. Los que no logran respaldo se retiran. Al final queda un candidato con al menos nueve apoyos de los quince y sin veto de ninguno de los cinco permanentes: Rusia, China, EEUU, Francia y Reino Unido. La Asamblea General ratifica después el nombramiento.
No hay plazos fijos, aunque se esperan resultados en las próximas semanas. Como todo depende de los cinco grandes, un perfil nuevo podría aparecer de la nada e imponerse. En las quinielas de esta semana circulan nombres como la holandesa Sigrid Kaag, la ex embajadora de Emiratos Árabes Unidos ante la ONU Lana Nusseibeh, el ex primer ministro húngaro Viktor Orban y el serbio Vuk Jeremić.
La retirada de Bachelet y el turno latinoamericano
Hasta esta semana había ocho candidatos. La chilena Michelle Bachelet se ha retirado asumiendo el veto estadounidense por sus posiciones sobre el aborto y el feminismo. La ONU suele rotar el puesto entre cinco regiones. Los tres últimos secretarios vinieron de África (Kofi Annan), Asia (Ban Ki-moon) y Europa (Guterres). Por eso se espera que el próximo sea de América Latina o el Caribe. También se da por hecho que será una mujer, algo que nunca ha ocurrido.
Ese consenso empuja a la costarricense Rebeca Grynspan, que fue secretaria general de la ONU de Comercio y Desarrollo, y a Carolyn Rodrigues-Birkett, embajadora de Guyana ante la ONU. Pedro Sánchez, Emmanuel Macron e incluso Xi Jinping se han pronunciado en esa línea, según el texto.
Washington no acepta el perfil alto de Bachelet y ve complicado tolerar a Rodrigues-Birkett. La razón es que calificó de genocidio la conducta de Israel en Gaza y por sus palabras de apoyo a los hermanos Castro en La Habana en 2013. Una fuente diplomática asegura que dos candidatas han pasado al menos seis o siete veces por Washington en las últimas semanas para exámenes temáticos ante la delegación estadounidense.
El precedente de Bolton y Ban Ki-moon
La historia reciente muestra que la decisión puede cocinarse lejos de Nueva York. En 2006, el entonces embajador estadounidense ante la ONU, John Bolton, conspiró con su colega chino Wang Guangya para tumbar la candidatura del indio Shashi Tharoor y aupar la del surcoreano Ban Ki-moon. En sus memorias, Bolton escribió que la secretaria de Estado Condoleezza Rice le había dicho que Ban se ajustaba más a los intereses del país. No solo por colocar a una figura de un aliado, sino porque sería más manejable. «No estoy segura de que queramos un secretario general fuerte», recoge Bolton que le dijo Rice.
El patrón se repite ahora con otros actores. Rusia no tolera al argentino Rafael Grossi, director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, por verlo demasiado cercano a Washington y por su papel en la central de Zaporiyia durante la invasión de Ucrania. El senegalés Macky Sall no logró el respaldo formal de la Unión Africana ni de su propio Gobierno. China, por su parte, no dice nada en voz alta, pero en Nueva York se da por hecho que simpatiza con Grynspan. En junio, el ministro chino de Exteriores, Wang Yi, la recibió en Pekín y elogió su papel en el multilateralismo.
Un proceso que casi nadie sigue
La distancia entre lo que se decide y lo que se sabe es enorme. Una encuesta de GeoPoll para la Fundación de las Naciones Unidas indica que seis de cada diez personas confían en que la ONU cumpla las tareas que les importan. Pero el 85% no tenía la menor idea sobre el proceso de elección del nuevo secretario general ni sobre las opciones. La entonces presidenta de la Asamblea General, la alemana Annalena Baerbock, marcó el tono al abrir el proceso: dijo que la elección enviaría un mensaje poderoso sobre quiénes somos y nuestro compromiso de servir a todos los pueblos del mundo.
El diseño institucional explica el resto. La ONU juega con una mano atada a la espalda por el poder del Consejo de Seguridad y el derecho a veto de sus cinco miembros permanentes. Eso convierte cada elección del secretario general en una negociación entre potencias más que en un concurso de méritos. Históricamente China o Rusia han tenido reservas sobre el perfil idóneo, pero por intereses concretos. Ahora es Estados Unidos el que vuelve el proceso casi imposible, según el texto, por cuestiones ideológicas, culturales e identitarias.

