Yaroslav Leuchenko, jefe de las fuerzas especiales de policía local, explica cómo los ataques con drones rusos han convertido la vida en la ciudad en una ‘ruleta’ donde cada movimiento puede ser letal
Kramatorsk, 25 de septiembre de 2026 — Los drones rusos han transformado la guerra en el Donbás en un conflicto de alta tecnología donde cada vuelo puede decidir la vida o la muerte de civiles y militares. Yaroslav Lúchenlo, comandante de las fuerzas especiales de policía local, lidera una unidad que derriba más de 30 drones rusos diarios en la ciudad, aunque fuentes militares ucranianas aseguran que las tropas en primera línea destruyen hasta 500 antes de que alcancen Kramatorsk. La ofensiva rusa, iniciada oficialmente el 21 de agosto, busca capturar la totalidad de la provincia de Donetsk para principios de 2027, según exigió el presidente Vladimir Putin.
El edificio de nueve plantas en el barrio de Damansky ardía cuando Lúchenlo llegó al lugar. Los bomberos, equipados con chalecos antibalas y detectores de drones, trabajaban bajo el riesgo constante de nuevos ataques. A las 11:20, un grito de «¡FPV, FPV!» alertó a los presentes: un dron ruso se acercaba. Los policías abrieron fuego y el aparato explotó en el aire. «Los rusos han atacado a los bomberos más de una decena de veces en los últimos meses», explicó Lúchenlo. «Por eso tenemos que protegerlos».
La rutina se repite: disparos, explosiones y evacuaciones improvisadas. Irina Ivanchenko, vecina de 56 años, relató cómo los bomberos abandonaron el incendio de su edificio la noche anterior por temor a nuevos ataques. «El fuego comenzó a las 17:00, pero se fueron cuando alertaron de otro ataque y no volvieron hasta la mañana», dijo. Los residentes, sin hogar, esperaban sentados en un parque mientras el fuego devoraba pisos enteros.
El general ucraniano Andriy Biletsky, jefe del Tercer Cuerpo del Ejército, describió la estrategia rusa como «tácticas terroristas». «Atacan edificios de viviendas civiles para generar pánico», afirmó. Mientras, en las calles, militares como Andriyi Quola, de 46 años, vigilaban el cielo con rifles antidrones. «Acabamos de derribar un Shahid en la colina. Tengan cuidado, los FPV están muy activos hoy», advirtió entre sorbos de café en uno de los pocos negocios que siguen abiertos.
Kramatorsk, junto a Sloviansk, fue capturada por fuerzas prorrusas en 2014 y recuperada por Ucrania en julio de ese mismo año. Ahora, la ciudad vuelve a ser un campo de batalla, pero con un nuevo enemigo: los drones. Las calles están cubiertas de redes antidrones, los vehículos se esconden tras rejas y los robots patrullan las rutas hacia la zona de conflicto. «Los rusos están como locos esta mañana», comentó un agente de policía mientras disparaba contra otro dron que se acercaba.
El contexto: una guerra de drones y plazos imposibles
La ofensiva rusa en el Donbás, declarada «zona de hostilidad activa» por Kiev el 21 de agosto, busca consolidar el control total de la provincia de Donetsk antes de 2027, según exigió Putin. Sin embargo, el general Andriy Biletsky calificó el plazo de «irreal». Mientras, los drones rusos —modelos como los FPV y los Shahid— se han convertido en la principal amenaza. Según Lúchenlo, los tiradores ucranianos en las afueras de Kramatorsk derriban cientos de estos aparatos antes de que lleguen a la ciudad, pero los ataques siguen siendo constantes.
El paisaje urbano refleja el caos: coches quemados en el centro, obras públicas cubiertas por mallas antidrones y civiles que deben refugiarse cada vez que escuchan el zumbido de un aparato en el cielo. La guerra en el Donbás ya no es solo un conflicto entre ejércitos, sino una batalla tecnológica donde la supervivencia depende de la capacidad para detectar y destruir drones en tiempo real.
Implicaciones: ¿hasta dónde puede llegar la resistencia ucraniana?
La dependencia de los drones rusos ha convertido a Ucrania en un laboratorio de guerra moderna, donde la innovación militar decide el curso de la batalla. Mientras Kiev intenta mantener la línea defensiva, la presión rusa aumenta con ataques cada vez más precisos y letales. La pregunta que surge es si Ucrania podrá sostener esta resistencia tecnológica a largo plazo, especialmente si los plazos de Putin se cumplen y el Donbás cae en manos rusas.
Para los civiles, la vida en Kramatorsk se ha vuelto insostenible. Irina Ivanchenko y otros vecinos duermen en la calle, sin saber cuándo podrán regresar a sus hogares. Mientras, los militares como Lúchenlo y Quola siguen en primera línea, disparando contra drones y esperando el próximo ataque. La guerra en el Donbás ya no es solo una batalla por el territorio, sino una carrera contra el tiempo y la tecnología.
En la madrugada del día siguiente, un vehículo de transporte municipal se incendió en la carretera a Druzhkivka, un claro indicio de que los ataques no se limitan a los edificios. Además, el segundo siniestro similar al de Damansky ocurrió en la misma hora, forzando a la evacuación de siete vecinos que se refugiaron en el banco del parque. Estos incidentes subrayan la constante amenaza de los UV rusos, que a veces transportan bombas de más de 250 kilos, generando estruendos que se escuchan a varios kilómetros de distancia.



