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Lun. Sep 21st, 2026

Ucrania pierde el control de Donbás bajo bombardeos

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La ONG Proliska saca a 15 personas al día de la ciudad ucraniana mientras los drones rusos atacan centros humanitarios y civiles; el modelo Jersén se extiende al corazón de la guerra

Kramatorsk, 21 de septiembre de 2026 — La furgoneta blindada de la ONG Proliska avanza entre calles devastadas por los bombardeos rusos mientras sus ocupantes monitorean en tiempo real el riesgo de drones enemigos. En la pantalla de su detector aparece el logotipo azul de la organización, señal de que un avión no tripulado se acerca a segundos de impactar. «Cuando se vea el emblema, será muy tarde», advierte Philip, uno de los activistas, mientras el conductor maniobra para esquivar el ataque. La tensión dura solo unos segundos: el dron pierde la señal al girar la furgoneta en el barrio de Bilenko, una zona donde las alambradas de espino y los «dientes de dragón» marcan el límite entre la vida y la muerte bajo el asedio ruso.

El objetivo de Proliska no es solo evitar ser alcanzados. Su misión es rescatar a civiles atrapados en una ciudad que, según las autoridades ucranianas, se convirtió el 21 de agosto en una «zona de hostilidades activas», preludio del posible clímax en la batalla por Donbás. Desde entonces, Rusia ha intensificado su estrategia de «safaris humanos» —táctica ya usada en Jersén—, bombardeando coches civiles y centros de evacuación. Este domingo 20 de septiembre, un ataque aéreo ruso destruyó el cuartel general de evacuaciones de Kramatorsk, dejando una mancha de sangre en el suelo y decenas de heridos. «A esa hora, en cualquier otro día, habría cientos de personas aquí», explica Yevhen Tkachev, responsable de Proliska, mientras bomberos intentan controlar el fuego horas después.

La evacuación de hoy no es excepcional. Desde hace semanas, la ONG traslada entre 10 y 15 personas diarias hacia el oeste de Ucrania, lejos del avance ruso. Entre ellas, Senia Luchan ska, una anciana de 92 años que lleva dos meses sin agua, electricidad ni internet. «Hay explosiones todo el rato», cuenta su hija, Liena, mientras recogen las pocas pertenencias que pudieron salvar. El estruendo de un bombardeo cercano interrumpe la conversación: los canales de Telegram locales alertan de «CABs (bombas de cientos de kilos) en dirección a Kramatorsk». La rutina de los ataques con estos artefactos —capaces de aplastar edificios enteros— se ha normalizado.

El caso de la familia Zagorochnink resume el drama. Igor, de 39 años, nunca había abandonado su villa natal, ni siquiera en 2014 ni en 2022, cuando la guerra se recrudeció. Pero ahora, con tres hijos, la decisión es clara: «Mire a su alrededor. Verá edificios quemados, negocios cerrados. Esto no es como en 2022, cuando muchos volvieron meses después. Aquí, todo el mundo se marcha». Su esposa, Caterina, llora al despedirse de su hogar: «Hemos vivido aquí toda nuestra vida». Su hijo menor, Artem, de 15 meses, no entiende por qué su familia abandona Ploshcha Myru —la Plaza de la Paz—, un lugar irónico donde hoy solo quedan ruinas: la antigua sede de correos Nova Puesta, colegios destruidos y supermercados como Epicentro reducidos a escombros.

El modelo Jersén llega al corazón de la guerra

Rusia parece decidido a replicar en Kramatorsk la táctica usada en Jersén, donde drones y bombardeos selectivos obligaron a la población a huir en condiciones extremas. El 12 de septiembre, tres coches civiles ardieron en llamas, matando a sus ocupantes. «Coches corrientes, de gente que iba a comprar comida», detalló entonces el ayuntamiento. Tkachev denuncia que Moscú «cruza todas las líneas rojas»: «¿Por qué atacan un centro humanitario?», se pregunta Scott Webster, un activista australiano presente en el bombardeo del domingo. Las imágenes muestran el edificio en llamas, con una columna de humo visible a kilómetros. Los bomberos no pudieron evitar que el fuego consumiera partes del habitáculo.

La estrategia rusa busca desestabilizar la moral ucraniana y acelerar la rendición. Según datos del Estado Mayor ucraniano, Rusia ocupa ya cerca del 80% de Donbás, y Kramatorsk —la «capital» de la provincia de Donetsk que aún resiste— podría ser el próximo objetivo. «La ciudad es como esa persona herida que intenta agarrarse al último soplo de vida», compara Caterina Zagorochnink, mientras su familia se sube a una furgoneta rumbo a un destino incierto. En el centro de evacuación, una antigua guardería convertida en punto de referencia, el caos es total: familias con maletas, ancianos en ambulancias y mascotas en jaulas. «Los enfermos tienen derecho a viajar en ambulancias», explica un sanitario mientras introduce a una anciana impedida en un vehículo.

¿Qué sigue para Ucrania y los civiles atrapados?

Mientras el frente se acerca, las evacuaciones se vuelven más urgentes. Tkachev advierte: «Todo el mundo se marcha». Pero no todos pueden irse. En Bilenko, Liena confiesa: «Yo también me voy en unos días. Esto no es vida». La pregunta que queda es si Kramatorsk caerá antes de que los últimos civiles puedan huir. Según analistas militares, la caída de la ciudad aceleraría el colapso ucraniano en Donbás, dejando a miles atrapados entre el fuego cruzado y la estrategia rusa de «tierra quemada». Mientras tanto, en el centro de evacuación, una anciana mira hacia atrás: «No sé si volveré».

La escena repite el patrón de Mariúpol en 2022, donde la resistencia ucraniana se mantuvo hasta el último momento. Pero en Kramatorsk, el reloj corre más rápido. Con los drones rusos patrullando el cielo y los bombardeos a centros humanitarios, la pregunta ya no es si caerá, sino cuándo.

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