Cuatro años después de la muerte de Mahsa Amini, el Estado iraní prioriza la cohesión interna y evita una confrontación frontal con la población mientras la represión selectiva contra disidentes sigue activa
El régimen iraní ha reducido la presión sobre las mujeres que no usan el hiyab durante la guerra con Israel y EE.UU., según reconocen fuentes internas. Mientras el velo obligatorio sigue en los libros, su aplicación se ha vuelto menos estricta en las calles de Teherán y otras ciudades, donde cada vez más mujeres lo prescinden sin sanciones inmediatas.
La guerra, iniciada el 28 de febrero de 2026, ha redefinido las prioridades del Estado. Dirigentes conservadores admiten que abrir un frente interno de máxima intensidad en este contexto tendría un coste político y económico insostenible. Aunque la ley sigue vigente —con multas, confiscaciones y detenciones como herramientas de coerción—, su cumplimiento ya no es automático. La desobediencia al hiyab, antes reprimida con dureza, hoy se tolera en la práctica, aunque no en el discurso oficial.
Sin embargo, la represión selectiva contra disidentes políticos sigue intacta. Según datos de Human Rights Watch y el Centro Abderrahmán Boroumand, al menos 59 ejecuciones entre marzo y agosto de 2026 —29 de ellas vinculadas a protestas de 2025— demuestran que el régimen conserva su capacidad para castigar a quienes desafían su poder desde la oposición. La paradoja es clara: Irán puede imponer el orden con mano dura en casos individuales, pero ya no logra que millones de ciudadanos internalicen normas sociales como el hiyab sin resistencia.
El 16 de septiembre, en el cuarto aniversario de la muerte de Mahsa Amini, comerciantes en ciudades kurdas como Sáez o Mahabad cerraron sus negocios en señal de protesta, pese a la presencia policial. No es una revuelta masiva, pero sí un recordatorio de que el movimiento *Mujer, Vida, Libertad* dejó una huella duradera: la normalización de la desobediencia civil. El régimen, ahora enfocado en la supervivencia nacional, prefiere evitar confrontaciones que debiliten su cohesión interna.
La pregunta clave no es si el Estado iraní sigue en pie —sí—, sino cuánto esfuerzo le cuesta mantener el control. La respuesta está en el hiyab: ya no obedece sin cuestionar, y eso cambia las reglas del juego político.






