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El presidente chino llega a EE.UU. con ventaja en tierras raras, pero Trump busca resultados comerciales antes de las elecciones de noviembre

Xi Jinping pisó suelo estadounidense este miércoles 24 de septiembre de 2026 en la Base Conjunta Andrews, cerca de Washington, donde Donald Trump lo recibió en persona al pie de la escalerilla del avión, un gesto protocolario reservado tradicionalmente a aliados clave. La alfombra roja, la banda militar y el sobrevuelo de un bombardero B-1 marcaron una ceremonia de Estado que contrastó con la ausencia de Xi en el aeropuerto cuando Trump visitó Pekín en mayo. Este detalle, deliberado, refleja el cambio estratégico de Washington: de acusar a China de «robar» empleos estadounidenses a priorizar una relación personal con su líder, pese a la persistente rivalidad geopolítica.

La cumbre, que incluye una cena con magnates tecnológicos como Tim Cook (Apple) y Jensen Huang (Nvidia), busca evitar una nueva escalada arancelaria —la tregua actual expira el 10 de enero— y abordar riesgos como la inteligencia artificial (IA), donde ambos países compiten por dominar los modelos más avanzados. Sin embargo, la desconfianza persiste: Pekín desconfía de que EE.UU. use el diálogo para limitar su desarrollo en IA mientras mantiene restricciones a chips avanzados, y Washington teme que China no ceda en su reclamo sobre Taiwán o en su apoyo a Irán, clave en la guerra regional.

El encuentro llega en un contexto de debilidad económica para ambas potencias: EE.UU. enfrenta una guerra con Irán que encarece la energía y Trump necesita resultados antes de las elecciones legislativas de noviembre; China, por su parte, arrastra un consumo doméstico débil y una crisis inmobiliaria que frena su crecimiento. La visita de Xi, su primera a Washington en 11 años, subraya que, pese a los gestos protocolarios, la competencia tecnológica y comercial sigue siendo el eje central de una relación que, como admitió el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, busca «evitar el borde de la ruptura» sin cerrar la rivalidad.

El protocolo como arma: por qué Trump rompe con la tradición

Trump reservó a Xi un recibimiento que ni siquiera concede a líderes de aliados históricos. La última vez que un presidente chino visitó EE.UU. en 2015, Barack Obama lo recibió en la Casa Blanca, no en el aeropuerto. El cambio no es casual: Trump, que en campaña acusó a China de «destruir» la industria estadounidense, ahora depende de Xi para evitar una nueva guerra comercial. La tregua arancelaria actual —lograda tras amenazas mutuas de gravámenes superiores al 100%— expira en enero, y Trump necesita «victorias» comerciales para su reelección.

El gesto protocolario también responde a una realidad geopolítica: China controla el 80% de la producción mundial de tierras raras, minerales esenciales para tecnologías militares y verdes, mientras EE.UU. domina los semiconductores avanzados. La dependencia mutua explica por qué, pese a los discursos beligerantes, ninguna potencia ha cedido en su capacidad de presión. En mayo, durante la visita de Trump a Pekín, los dos países acordaron no escalar los aranceles, pero la tensión persiste en sectores como la IA, donde ambos gobiernos exploran mecanismos para alertar sobre ciberataques o fallos críticos en sistemas avanzados.

Analistas como Graham Allison, exdecano de la Universidad de Harvard, señalan que el protocolo de Trump refleja un «respeto sin precedentes» hacia Xi, pero también una estrategia: mostrar unidad interna antes de las elecciones. La ausencia de una delegación empresarial china en la visita —contrario a lo esperado— podría indicar que Pekín prioriza la negociación bilateral sobre el espectáculo.

La IA y el fentanilo: los temas que podrían redefinir la relación

La inteligencia artificial será el tema estrella de la cumbre. Mientras EE.UU. busca establecer un mecanismo para alertar sobre incidentes graves vinculados a la IA —como ciberataques o fallos en sistemas críticos—, China desconfía de que el diálogo sirva para frenar su desarrollo tecnológico. En mayo, ambos países hablaron de abrir consultas sobre IA, pero no llegaron a un acuerdo formal. La desconfianza es mutua: Washington restringe la exportación de chips avanzados a China, mientras Pekín acusa a EE.UU. de usar el diálogo para contener su avance.

Otro punto clave será el comercio: Trump presionará para aumentar las compras chinas de productos agrícolas y aviones estadounidenses, mientras Xi buscará rebajar restricciones sin ceder en su capacidad de presión. El fentanilo, un opioide sintético producido en China y responsable de miles de muertes en EE.UU., también estará sobre la mesa. Trump podría exigir a Xi que limite la exportación de precursores químicos, pero sin garantías de éxito.

Taiwán sigue siendo el tema más delicado. China reclama la isla como parte de su territorio y observa con atención las ventas de armas estadounidenses a Taipéi. Cualquier concesión de Trump en este frente alarmaría a sus aliados en Asia, como Japón o Corea del Sur, que dependen de la protección de EE.UU. frente a Pekín. La guerra en Irán añade otra capa de complejidad: Washington busca el apoyo de China para contener a Teherán, pero Pekín, principal comprador de petróleo iraní, no muestra disposición a ceder.

El contexto histórico: de Muscarina a Washington

La visita de Xi a EE.UU. cierra un círculo histórico que comenzó en 1985, cuando el entonces desconocido líder chino durmió en la habitación de un adolescente en Muscarina, Iowa, interesado en aprender sobre la cría de cerdos y el uso del maíz. Cuarenta y un años después, el presidente de la mayor potencia comunista del mundo llega a Washington en un contexto radicalmente distinto: una guerra comercial, una carrera tecnológica y una rivalidad geopolítica que redefine el orden global.

En los años 80, EE.UU. y China apenas llevaban seis años de relaciones diplomáticas. Hoy, la relación es la más compleja desde la Guerra Fría. La guerra arancelaria de 2025 —que llevó a ambos países a amenazar con gravámenes superiores al 100%— demostró que ninguna potencia puede doblegar a la otra sin sufrir consecuencias económicas. La tregua actual, prorrogada hasta enero, es frágil: depende de la voluntad política de Trump y Xi, pero también de factores externos, como la evolución de la guerra en Irán o los avances en IA.

Para Xi, la visita es una oportunidad para mostrar estabilidad interna —su régimen enfrenta una crisis inmobiliaria y un consumo doméstico débil— y consolidar su liderazgo. Para Trump, es una chance de presentar avances comerciales antes de las elecciones. Pero, como advierten los analistas, ninguna de las dos partes está dispuesta a ceder en sus posiciones estratégicas. La cumbre, en definitiva, no buscará el fin de la rivalidad, sino evitar que una nueva crisis la lleve al borde del abismo.

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