La primera visita de Estado de Xi a EE.UU. en 14 años incluye despliegue militar, cena con élites tecnológicas y promesas de cooperación en IA y fentanilo
Donald Trump recibió el jueves a Xi Jinping en Washington en la primera visita de Estado de un presidente chino a EE.UU. en más de una década, un encuentro marcado por gestos protocolarios sin avances concretos en comercio o seguridad. La cumbre, que incluyó un despliegue militar sin precedentes y una cena con los máximos ejecutivos de Silicon Valley, subrayó la tensión estratégica entre ambas potencias mientras se mantienen abiertos los puntos de fricción en Taiwán y armas nucleares.
El encuentro, celebrado en la Casa Blanca y con un protocolo excepcional —incluyendo la recepción personal de Trump a Xi en la base aérea de Andrews—, no logró un acuerdo bilateral sustancial. Según declaró Trump, el valor del encuentro radica en la propia restauración del diálogo: «Hemos forjado una gran amistad», afirmó, en referencia a su relación con Xi desde 2016. La ceremonia incluyó un desfile militar con bombarderos B-52 y cazas F-22, así como la entrega simbólica de dos pandas al zoo de Atlanta como gesto de buena voluntad.
Mientras, Xi Jinping propuso iniciativas como aumentar vuelos directos entre ambos países, enviar 100.000 jóvenes estadounidenses a programas de intercambio en China y reforzar la lucha contra el tráfico de fentanilo. En tecnología, ofreció cooperación en inteligencia artificial «bajo control humano», un término que evita el debate sobre regulación. La reunión bilateral, cerrada a la prensa, duró una hora y media, con un tono distendido: Trump bromeó sobre el «cuerpo de prensa más amable» de China, en contraste con las restricciones impuestas a medios como CNN o Politico.
En el ámbito comercial, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció una prórroga de dos meses en la tregua arancelaria —hasta el 10 de enero—, aunque persisten tensiones: China exige el fin de ventas de armas a Taiwán, mientras el Pentágono advierte de que el arsenal nuclear chino podría superar las 1.000 cabezas para 2030.
La cena de Estado: Silicon Valley y la dependencia tecnológica de EE.UU.
La cena en el Salón Este de la Casa Blanca, diseñada por la primera dama Melania Trump, reunió a 130 invitados, entre ellos los CEO de las mayores tecnológicas estadounidenses: Jensen Huang (Nvidia), Tim Cook (Apple), Elon Musk (Tesla y SpaceX), Mark Zuckerberg (Meta) y Satya Nadella (Microsoft). La ausencia de ejecutivos chinos —por desacuerdos en el protocolo— destacó la dependencia de estas empresas del mercado chino, pese a competir con Pekín en inteligencia artificial. Trump calificó a Xi y a su esposa, Peng Liyuan, de «personas verdaderamente extraordinarias» y entregó una escultura de un águila diseñada por la pareja presidencial.
El menú, servido en vajilla de la era Reagan, incluyó platos con influencias asiáticas como bok choy y berenjena asada, mientras Trump comparó el nuevo salón de baile de la Casa Blanca —el «Gran Salón de Estados Unidos»— con el Gran Palacio del Pueblo de Pekín, donde recibió a Xi en mayo. La imagen de los líderes sentados junto a los magnates de la tecnología subrayó el papel clave de estos sectores en la relación bilateral, donde la cooperación en IA contrasta con la rivalidad geopolítica.
Cumbre tras 14 años sin visitas, última en 2009
La última visita de Estado de un presidente chino a EE.UU. ocurrió en 2009, durante el mandato de Barack Obama. Desde entonces, las relaciones se han deteriorado por disputas comerciales, derechos humanos y la cuestión de Taiwán. Trump, quien en 2016 prometió una relación «más fuerte» con China, ha alternado medidas proteccionistas —como aranceles a productos chinos— con diálogos puntuales, como el viaje de Xi a Pekín en mayo de 2024, donde se creó la Junta de Comercio para facilitar intercambios de bienes no sensibles. Sin embargo, los avances en agricultura —como la compra de 25 millones de toneladas de soja— no han compensado las tensiones en seguridad.
El Pentágono ha advertido en informes recientes que China podría alcanzar las 1.000 cabezas nucleares para 2030, superando a Reino Unido y Francia. Mientras, Pekín exige el fin de ventas de armas estadounidenses a Taiwán, una línea roja para Washington. La cumbre de esta semana, aunque sin acuerdos concretos, sirve para evaluar si ambos países pueden gestionar su rivalidad sin escalar conflictos, especialmente en un contexto de creciente influencia de China en Asia y América Latina.
Implicaciones: ¿Qué se juega cada actor?
Para Donald Trump, la cumbre refuerza su narrativa de «amistad» con Xi, útil para su base electoral, pero deja sin resolver los aranceles y la dependencia tecnológica. La prórroga de la tregua comercial hasta enero le da tiempo para negociar antes de las elecciones de 2028, aunque sin avances en Taiwán o armas. Para Xi Jinping, el gesto simbólico de los pandas y los programas de intercambio busca mejorar la imagen de China en EE.UU., especialmente entre jóvenes, mientras evita concesiones en seguridad.
Las tecnológicas estadounidenses, presentes en la cena, enfrentan un dilema: su crecimiento depende del mercado chino, pero también compiten con empresas estatales chinas en IA y semiconductores. La ausencia de ejecutivos chinos en el evento refleja la desconfianza mutua, mientras ambos gobiernos exploran —sin éxito— un marco de cooperación en inteligencia artificial. En el fondo, la cumbre confirmó lo que ya era evidente: la relación entre EE.UU. y China sigue siendo una alianza de conveniencia, no de confianza.
La próxima prueba será la cumbre del G20 en India en noviembre, donde ambos líderes podrían volver a encontrarse. Mientras, el Congreso estadounidense mantiene bajo escrutinio las exportaciones de tecnología a China, y Pekín acelera su desarrollo en semiconductores y energía limpia, reduciendo su dependencia de EE.UU.




