La primera visita de Estado de Xi a Washington en 11 años busca frenar la escalada tecnológica y comercial, pero la guerra en Irán y Taiwán ensombrecen las negociaciones con solo 4 meses hasta las elecciones de medio mandato en EE.UU.
Donald Trump recibió este martes a Xi Jinping al pie de la escalerilla de su avión en la base militar de Andrews, un gesto protocolario sin precedentes para un jefe de Estado extranjero en Estados Unidos. La ceremonia incluyó himnos nacionales, una formación militar y el sobrevuelo de dos bombarderos B-1, en un despliegue que igualó los honores que Xi rindió a Trump en su visita a Pekín en mayo de 2026. La pompa refleja la prioridad que Washington otorga a la cumbre, la primera visita de Estado de Xi a EE.UU. desde 2015, cuando fue recibido por Barack Obama.
El encuentro, que se prolongará hasta el viernes, busca contener la escalada en disputas clave: desde el control de semiconductores y inteligencia artificial hasta el suministro de tierras raras, minerales críticos para la defensa y la tecnología donde China mantiene el monopolio. Sin embargo, la visita llega en un contexto de debilidad para Trump: la guerra en Irán estancada perjudica a los republicanos a solo 4 meses de las elecciones legislativas de noviembre, y Pekín se niega a aislar a Teherán, su principal comprador de petróleo.
La tregua comercial entre ambos países, prorrogada hasta el 10 de enero de 2027, expone las tensiones subyacentes. Mientras Washington busca limitar las exportaciones de tierras raras a China, Pekín presiona para mantener su acceso a estos minerales, esenciales para la transición energética y la industria militar estadounidense. La cumbre también abordará Taiwán, donde Xi insistirá en que EE.UU. limite su apoyo a la isla, mientras Trump mantiene su política de «una sola China» y refuerza las ventas de armamento a Taipéi.
En el ámbito tecnológico, la carrera por la inteligencia artificial será otro eje central. Trump, pese a las advertencias de expertos, se niega a regular el sector, mientras China avanza en su dominio de algoritmos y chips avanzados. La visita incluirá una parada simbólica en los Archivos Nacionales de Washington, donde Xi y Trump revisarán documentos históricos como la Declaración de Independencia, en un año clave para EE.UU. por su 250 aniversario.
Aunque no se esperan acuerdos concretos, ambos líderes buscan evitar un deterioro mayor en una relación marcada por la competencia estratégica. La extensión de la tregua comercial hasta enero demuestra que, pese a las posturas opuestas, neither side quiere un colapso total en las negociaciones.
El contexto de la visita: de Obama a Trump, una relación en constante tensión
La última visita de Estado de un líder chino a Washington ocurrió en 2015, cuando Xi Jinping fue recibido por Barack Obama. Desde entonces, la relación ha oscilado entre la cooperación y el conflicto, con Donald Trump adoptando una postura más confrontativa, especialmente en comercio y tecnología. Su encuentro en Pekín en mayo de 2026, el primero entre ambos desde que Trump regresó a la Casa Blanca, dejó un tono cordial, pero sin avances significativos en temas como Taiwán o las sanciones a Irán.
La guerra en Irán, donde Trump busca aislar a Teherán, choca con los intereses chinos, que dependen del petróleo iraní. China ha aumentado sus compras de crudo iraní en un 40% desde 2023, según datos de la Agencia Internacional de Energía, lo que ha generado fricciones con Washington. La visita de Xi llega en un momento en que Trump necesita mostrar fortaleza ante su electorado, especialmente en un año electoral.
En el ámbito económico, China controla el 80% de la producción mundial de tierras raras, minerales esenciales para baterías, misiles y tecnología verde. EE.UU. ha intentado reducir su dependencia, pero Pekín se resiste a limitar sus exportaciones, argumentando que son vitales para su economía. La cumbre podría incluir acuerdos limitados para evitar un corte total en el suministro, pero sin ceder en soberanía tecnológica.
¿Qué se juegan Trump y Xi en esta cumbre?
Para Trump, la visita es una oportunidad para demostrar liderazgo ante su base electoral, especialmente en temas como Taiwán y la inteligencia artificial. Sin embargo, su posición se ha debilitado desde mayo: la guerra en Irán no ha dado los resultados esperados, y los republicanos pierden apoyo en encuestas. Una cumbre sin avances podría debilitar aún más su imagen.
Xi Jinping, por su parte, necesita mostrar que China sigue siendo un actor global relevante, especialmente en un momento en que su economía crece a ritmos más lentos. La visita a EE.UU. le permite proyectar estabilidad, pero también enfrenta presiones internas por ceder en temas como Taiwán o las sanciones a Irán. Su margen de maniobra es limitado: cualquier concesión podría ser interpretada como debilidad por su partido.
En el plano tecnológico, ambos países compiten por el liderazgo en inteligencia artificial y semiconductores. China ha invertido miles de millones en desarrollar su propia industria de chips, mientras EE.UU. restringe las exportaciones de tecnología avanzada a empresas chinas como Huawei y SMIC. La cumbre podría incluir acuerdos para evitar una guerra comercial total, pero sin renunciar a sus respectivas ventajas.
El tiempo es otro factor clave: las elecciones legislativas de medio mandato en EE.UU. se celebran el 5 de noviembre, y cualquier conflicto con China podría afectar a los republicanos. Trump necesita resultados tangibles para mejorar su posición, pero Xi no tiene incentivos para ceder en temas sensibles. La visita, por tanto, será más un ejercicio de gestión de daños que de negociación profunda.
La parada en los Archivos Nacionales el viernes, donde Xi y Trump revisarán documentos históricos, tiene un simbolismo claro: ambos líderes buscan presentar su encuentro como un momento de diálogo, pese a las diferencias. Sin embargo, el verdadero test será si logran evitar un escalada en los próximos meses.



