El presidente francés y el primer ministro canadiense reafirman la soberanía francesa en el archipiélago, afectado por crisis climática y económica, en un gesto de unidad ante las ambiciones territoriales de EE.UU.
Emmanuel Macron y Mark Carney llegaron hoy a San Pedro y Miquelón, el último vestigio del imperio colonial francés en América, para reafirmar su soberanía frente a las declaraciones de Donald Trump, quien incluyó el archipiélago en un mapa de EE.UU. publicado en redes sociales. El encuentro, cargado de simbolismo político y estratégico, se produce en vísperas de la Asamblea General de la ONU y marca la primera visita de un presidente francés en 12 años a este territorio de 5.800 habitantes, ubicado a solo 25 kilómetros de Terranova (Canadá).
Macron llegó acompañado de Carney, primer ministro canadiense, en un gesto interpretado como un mensaje conjunto de resistencia frente a las ambiciones territoriales de Trump. «Es obvio que San Pedro y Miquelón es territorio francés y que estamos orgullosos de serlo», declaró Macron al pisar el archipiélago, donde el declive económico y la crisis climática han forzado la evacuación de 400 hogares costeros, convirtiendo a sus habitantes en los primeros «refugiados climáticos» de Francia.
El archipiélago, de 242 kilómetros cuadrados, enfrenta una doble crisis: la desaparición de su otrora próspera industria pesquera —el bacalao— y el aumento del nivel del mar, que ha obligado a relocalizar a familias enteras. En 2014, el entonces presidente François Hollande visitó la zona con un enfoque económico, mientras que Macron prioriza ahora su valor geopolítico, especialmente en el contexto de las tensiones con Trump y el posible acercamiento de Canadá a la UE.
La visita incluye una ceremonia en homenaje a los caídos de la Francia Libre durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el archipiélago sirvió como base para las fuerzas de Charles de Gaulle contra la ocupación nazi. Macron y Carney también firmaron acuerdos para aumentar las importaciones de gas licuado canadiense a Francia, un paso clave en la transición energética europea.
El gesto de Macron responde directamente al mapa publicado por Trump en julio, donde el archipiélago aparecía con las barras y estrellas de la bandera estadounidense. «No vamos a repetirlo cada mañana para que nadie tenga dudas», advirtió Macron, en referencia a las declaraciones del expresidente estadounidense. Carney, por su parte, respaldó públicamente el acercamiento de Canadá a la UE como «estado asociado», una propuesta que Macron celebró como «un paso en la dirección correcta» hacia la cooperación transatlántica.
La parada de dos días en San Pedro y Miquelón forma parte del itinerario de Macron hacia Nueva York, donde participará en la Asamblea General de la ONU. El encuentro con Carney, descrito por el Eliseo como «un símbolo de la fuerza de la relación franco-canadiense», subraya el papel estratégico del archipiélago en un contexto de creciente rivalidad entre potencias por el control de rutas marítimas y recursos naturales en el Atlántico Norte.
El contexto histórico y estratégico de San Pedro y Miquelón
San Pedro y Miquelón, conocido como «la última colonia francesa en América», fue clave durante la Segunda Guerra Mundial como base de la Francia Libre liderada por De Gaulle. Su ubicación, a menos de 30 kilómetros de la costa canadiense, lo convirtió en un punto estratégico para interceptar comunicaciones nazis y apoyar operaciones aliadas. Hoy, su valor radica en su posición geográfica: controla una de las rutas marítimas más transitadas del mundo, entre Europa y América del Norte.
El archipiélago ha sido objeto de disputas territoriales desde el siglo XVIII, cuando Francia y Gran Bretaña lo reclamaron como parte de sus respectivos imperios. Tras la venta de Luisiana a EE.UU. en 1803, Francia mantuvo su soberanía sobre el territorio, que nunca fue formalmente cedido. En 1981, Canadá y Francia firmaron un acuerdo de pesca para evitar conflictos, pero las tensiones persisten, especialmente con el resurgimiento de las ambiciones expansionistas de Trump, quien ha cuestionado históricamente los límites territoriales de EE.UU. en el Atlántico.
La economía local, históricamente basada en la pesca del bacalao, colapsó en las últimas décadas debido a la sobreexplotación y el cambio climático. En 2020, el gobierno francés destinó 50 millones de euros para modernizar la flota pesquera, pero los resultados han sido insuficientes. La crisis climática ha agravado la situación: el aumento del nivel del mar amenaza con inundar el 30% de la superficie habitable del archipiélago, según informes del Instituto Francés para la Investigación y Explotación del Mar (Ifremer).
Las implicaciones políticas y económicas del gesto de Macron
La visita de Macron a San Pedro y Miquelón tiene múltiples dimensiones: política, estratégica y económica. En el plano político, refuerza la alianza franco-canadiense en un momento de creciente tensión con EE.UU., especialmente tras las declaraciones de Trump sobre la soberanía territorial. Para Canadá, el gesto de Carney —primer primer ministro canadiense en visitar el archipiélago— marca un acercamiento simbólico a Francia y, por extensión, a la UE, en un contexto de incertidumbre sobre el futuro de la relación transatlántica bajo una posible reelección de Trump.
Económicamente, el acuerdo para aumentar las importaciones de gas licuado canadiense a Francia es un paso clave en la estrategia europea de diversificar sus fuentes de energía. Francia, que depende en un 40% del gas ruso, busca reducir esta dependencia mediante acuerdos con proveedores alternativos, como Canadá. El archipiélago, aunque pequeño, podría convertirse en un hub logístico para el transporte de gas desde Canadá a Europa, evitando rutas más largas y costosas.
Sin embargo, el gesto también plantea desafíos. La población local, envejecida y con una tasa de desempleo superior al 20%, depende en gran medida de subsidios del gobierno francés. La visita de Macron ha reavivado debates sobre el futuro del archipiélago: ¿debe mantenerse como territorio de ultramar con apoyo económico constante, o explorarse alternativas, como la propuesta de convertirlo en un centro de repatriación de inmigrantes, que fue considerada en 2015 pero rechazada por su impacto social?
En el plano internacional, la visita envía un mensaje claro a la comunidad global: la soberanía territorial no es negociable, incluso en un contexto de creciente nacionalismo y revisionismo histórico. Con la Asamblea General de la ONU a la vuelta de la esquina, Macron y Carney buscan presentar una frente unida frente a las políticas de Trump, que han sido criticadas por la ONU y otros líderes mundiales por su enfoque en la «América primero» y el desdén por los tratados internacionales.
Para Francia, defender San Pedro y Miquelón es también una cuestión de prestigio. El archipiélago es el último vestigio de su imperio colonial en América, y su pérdida sería interpretada como un símbolo de debilidad. En un mundo donde las potencias buscan redefinir sus fronteras —como Rusia con Ucrania o China con el mar de China Meridional—, Macron envía un mensaje contundente: Francia no cederá en su soberanía, ni siquiera ante el presidente más impredecible de Occidente.






