Documentos inéditos revelan negociaciones secretas con el Eje para frenar el avance franquista, incluyendo cesiones territoriales y bases militares
Federica Montseny, ministra de Sanidad en el gobierno de Francisco Largo Caballero (1936-1937), confesó en una carta de 1950 al historiador Burnett Bollo ten que la República exploró negociaciones con la Alemania nazi y la Italia fascista para evitar su derrota en la Guerra Civil. Entre las propuestas figuraban la cesión de Canarias, Baleares, Ceuta y Melilla, así como bases militares estratégicas como Cartagena y Mahón.
La revelación, publicada en 2022 por el historiador Manuel Aguilera en su obra *El oro de Mussolini*, se basa en documentos del Archivo Hoover (Stanford) y en informes diplomáticos del Archivo Nacional de España. Las negociaciones, lideradas por Largo Caballero y su embajador en París, Luis Araquistáin, se desarrollaron en secreto entre 1936 y 1937, cuando la República, acorralada militarmente, buscaba alternativas diplomáticas para evitar su colapso.
El agente republicano José Chapiro —conocido como *Schulmeister*— contactó con representantes del Eje en Montecarlo para ofrecer a Adolf Hitler los archipiélagos de Canarias y Baleares a cambio de su retirada del conflicto. Según un informe italiano de marzo de 1937, Mussolini mostró interés por Baleares, donde ya había iniciado compras masivas de tierras para una posible colonización. La documentación revela que Roma desestimó Ceuta y Melilla, pero propuso un plan de ocupación encubierta en las islas.
Las negociaciones fracasaron por la falta de oficialidad y por el cambio de gobierno en mayo de 1937, cuando Manuel Azaña destituyó a Largo Caballero y nombró a Juan Negrín como presidente. Este último abandonó las conversaciones con el Eje y centró sus esfuerzos en buscar apoyo británico y francés, ofreciendo en febrero de 1938 las bases navales de Cartagena y Mahón a Londres. Tampoco esta vía prosperó, y la República terminó derrotada en 1939.
El contexto diplomático: de la desesperación a la derrota
Las negociaciones secretas de la República con el Eje no fueron un hecho aislado, sino parte de una estrategia desesperada para contrarrestar la superioridad militar de los sublevados. Según estudios de Javier Tusell y Ángel Viñas, los gobiernos republicanos exploraron múltiples opciones, desde acuerdos comerciales hasta la cesión de patrimonio artístico y territorial. La oferta de Canarias y Baleares a Hitler, por ejemplo, respondía a la necesidad de asegurar una retirada alemana que permitiera a la República reorganizarse.
El fracaso de estas iniciativas se debió a varios factores: la falta de respaldo internacional, la desconfianza de las potencias democráticas hacia un régimen que negociaba con dictaduras, y la división interna en el bando republicano. Además, el cambio de gobierno en 1937 —con la salida de Largo Caballero y la llegada de Negrín— truncó las negociaciones en curso. Negrín, aunque desconocía los detalles de los contactos previos, optó por una estrategia distinta: buscar apoyo en Francia y Reino Unido, sin éxito.
Las negociaciones con Italia también revelan el interés fascista por el Mediterráneo. Un informe italiano de 1937, citado por Aguilera, describe un encuentro en Montecarlo entre Chapiro y un representante de Mussolini. Según el documento, Roma ya había adquirido grandes propiedades en Baleares para una posible colonización, pero su expansión quedó limitada por un acuerdo con Londres que le obligaba a renunciar a objetivos territoriales en la zona.
¿Por qué importa hoy?
Estos documentos no solo iluminan un episodio oscuro de la Guerra Civil, sino que ponen de manifiesto cómo la desesperación puede llevar a negociaciones extremas. La cesión de territorios estratégicos —como Canarias, Baleares o las bases de Cartagena y Mahón— refleja el grado de debilidad al que llegó la República en 1937. Además, el caso subraya la importancia de la diplomacia encubierta en conflictos bélicos, donde las potencias buscan alternativas cuando la guerra parece perdida.
Hoy, el estudio de estas negociaciones adquiere relevancia en un contexto geopolítico marcado por tensiones territoriales y alianzas cambiantes. La historia de cómo la República intentó salvarse negociando con sus enemigos recuerda que, en momentos de crisis, incluso las democracias pueden explorar opciones moralmente cuestionables. El fracaso de estas iniciativas, sin embargo, deja una lección clara: sin apoyo internacional sólido, ni siquiera las concesiones más drásticas pueden evitar una derrota militar.
La documentación recuperada por Manuel Aguilera y otros historiadores confirma que la Guerra Civil no fue solo un conflicto interno, sino un tablero de ajedrez donde potencias extranjeras movieron piezas decisivas. Las cartas de Montseny, los informes de Araquistáin y los contactos de Chapiro son prueba de que, en 1937, la República jugó con fuego —y perdió.
El propio Burnett Bollo ten, corresponsal y luego historiador, respetó el consejo de Montseny y mantuvo la confesión fuera de sus publicaciones, de modo que el testimonio permaneció inédito en su archivo hasta que Manuel Aguilera lo localizó en los fondos de la Institución Hoover de la Universidad de Stanford. La operación Schulmeister, nombre en clave que rendía homenaje al jefe de los servicios secretos de Napoleón Bonaparte, fue autorizada por Largo Caballero y encomendada al embajador Luis Araquistáin, veterano militante del PSOE y amigo personal del presidente del Consejo de Ministros, que era a su vez ministro de la Guerra. El agente José Chapiro, conocido por ese sobrenombre, fue quien estableció los primeros contactos con representantes de la Italia fascista y de la Alemania nazi, según se desprende de la documentación y los testimonios recogidos por Aguilera.






