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Participación histórica en mínimos (38,02%) y un Parlamento fragmentado que obliga a una coalición de tres partidos para gobernar

Abdelouahid Laftit, ministro del Interior de Marruecos, ha anunciado este 24 de septiembre los resultados definitivos de las elecciones legislativas del 23 de septiembre, donde el Partido Autenticidad y Modernidad (PAM) emerge como fuerza dominante con 97 escaños, superando a sus socios de coalición y dejando al RNI de Aziz Janucá en tercera posición con solo 66 diputados. La gran sorpresa del día es el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), que multiplica por cuatro sus escaños (54) y recupera su peso como principal fuerza de oposición, mientras la participación se desploma hasta el 38,02%, la más baja en dos décadas.

El PAM, que lidera la coalición de gobierno, gana 10 escaños respecto a 2021 y se queda a 101 de la mayoría absoluta (198). El RNI, partido que gobernaba hasta ahora, sufre un colapso histórico con 36 escaños menos, mientras que el Istiqlal pierde 16 y se sitúa en tercer lugar, por solo un escaño por delante del PJD. La izquierda tradicional, representada por el Partido del Progreso y el Socialismo (PPS) y la Unión Socialista de las Fuerzas Populares (USFP), pierde representación, mientras que la Alianza de la Izquierda entra en el Parlamento con 8 diputados, un avance significativo para un espacio político marginado durante años.

La participación, medida sobre un censo recortado a 15,8 millones de inscritos (frente a los 28 millones de marroquíes en edad de votar), alcanza solo el 38,02%, 12 puntos menos que en 2021. El censo, revisado antes de los comicios, excluyó a gran parte de la juventud, grupo clave en las protestas sociales de 2021-2022 conocidas como GenZ 212. La abstención supera el 61%, la más alta en 20 años, reflejando un descontento generalizado.

El PJD, liderado por Abdelilah Ben Crane, experimenta un resurgimiento sin precedentes: pasó de 13 escaños en 2021 a 54 en esta legislatura, multiplicando por cuatro su representación. Este avance se produce sin que Ben Crane se presentara como candidato, y con un discurso centrado en la lucha contra la corrupción y los conflictos de interés, temas clave en las movilizaciones juveniles recientes.

La jornada electoral no estuvo exenta de incidentes. En Tánger, la Alianza de la Izquierda denunció fraude y boicoteó la votación en algunos colegios, mientras el propio PAM acusó de un «complot» contra su candidatura y pidió una investigación judicial. El Ministerio del Interior, encargado de organizar y arbitrar el proceso sin una comisión electoral independiente, describió la votación como «normal», salvo por incidentes aislados.

Un sistema electoral que impide mayorías absolutas

El sistema electoral marroquí, basado en un cociente calculado sobre los inscritos y no sobre los votos emitidos, dificulta la formación de mayorías absolutas. Ningún partido superó los 198 escaños necesarios para gobernar en solitario, lo que obliga a coaliciones. Esta vez, la aritmética parlamentaria vuelve a apuntar hacia una reedición de la coalición entre PAM, RNI e Istiqlal, aunque con el PAM en la cabecera. Sin embargo, la campaña dejó heridas abiertas entre socios, especialmente por los fichajes cruzados de candidatos y el conflicto público sobre la sede de la final del Mundial de Fútbol de 2030.

Según la Constitución marroquí, el rey Mohamed VI debe nombrar jefe de Gobierno al líder del partido más votado, sin necesidad de que este haya sido candidato. Las miradas se centran en Fouziaa Lekjaa, ministro delegado de Presupuesto y presidente de la Federación Marroquí de Fútbol, quien se incorporó al PAM hace solo dos meses. Lekjaa, conocido por su perfil técnico y su conexión con el Mundial de 2030, compite con Fatima Zahra El Mansour, alcaldesa de Marrakech y ministra de Urbanismo, para liderar el próximo Ejecutivo.

El nuevo Gobierno heredará un desafío económico y diplomático: gestionar 20.000 millones de dólares en inversiones en infraestructuras y mantener un pulso con España, especialmente en temas migratorios. Sin embargo, su legitimidad será frágil: el respaldo electoral se limita a poco más del 38% de un censo ya recortado, lo que refleja la distancia entre las élites políticas y una juventud cada vez más movilizada y desconfiada.

El islamismo regresa y la izquierda alternativa entra en el Parlamento

El avance del PJD no es solo cuantitativo, sino cualitativo. Tras su derrumbe en 2021 —cuando pasó de 125 a 13 escaños—, el partido islamista recupera su papel como principal fuerza de oposición. Su discurso, centrado en la lucha contra la corrupción y los monopolios, resuena en una sociedad marroquí cada vez más crítica con las élites tradicionales. Además, el PJD ha evitado presentar a su líder, Abdelilah Ben Crane, como candidato, lo que le permite mantener un perfil bajo mientras gana influencia.

Por otro lado, la Alianza de la Izquierda entra en el Parlamento con 8 escaños, un avance modesto, pero simbólico para un espacio político que llevaba décadas fuera de la Cámara. Este resultado contrasta con el retroceso de los partidos socialistas tradicionales, como el PPS (-3 escaños) y la USFP (-8), que pierden representación. La izquierda marroquí, dividida entre opciones reformistas y alternativas más radicales, se enfrenta ahora a un nuevo escenario: ¿podrá capitalizar el descontento social y convertirse en una fuerza relevante?

La abstención récord (61,98%) y la baja participación entre los jóvenes —grupo clave en las protestas de 2021— reflejan un rechazo creciente hacia la política tradicional. El censo, reducido a 15,8 millones de inscritos, excluyó a gran parte de la población más activa, lo que distorsiona aún más la representación. Este contexto plantea un desafío para el nuevo Gobierno: ¿cómo gobernar con el respaldo de solo un tercio de los inscritos, cuando dos tercios de la población en edad de votar ni siquiera participaron?

El resultado electoral deja un Parlamento fragmentado, con tres partidos tradicionales dominando el escenario (PAM, RNI e Istiqlal, que suman 228 escaños) y dos fuerzas emergentes (PJD y Alianza de la Izquierda) que rompen el statu quo. La pregunta ahora es si esta nueva configuración permitirá reformas profundas o si, por el contrario, perpetuará el estancamiento político.

El PAM, aunque gana, no tiene mayoría absoluta y deberá negociar con sus socios históricos. El RNI, en caída libre, intentará recuperar influencia, mientras el PJD se consolida como la principal oposición. La izquierda, por su parte, deberá definir su estrategia: ¿aliarse con los partidos tradicionales para evitar cambios radicales o apostar por una oposición más combativa?

Mientras, el rey Mohamed VI tendrá la última palabra en la designación del primer ministro. La elección recaerá en Fouzi Lekjaa o en Fatima Zahra El Mansour, pero la verdadera prueba de fuego será la capacidad del nuevo Gobierno para responder a las demandas de una sociedad cada vez más exigente y menos dispuesta a conformarse con el statu quo.

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