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Sáb. Sep 19th, 2026

Rusia celebra elecciones parlamentarias bajo drones ucranianos y acusaciones de manipulación

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Putin pide votar para ‘victoria en Ucrania’ mientras la oposición denuncia fraude y Occidente acusa sabotaje electoral

Vladímir Putin llamó este viernes a los rusos a votar en unas elecciones parlamentarias marcadas por ataques con drones ucranianos, una participación reducida en el extranjero y acusaciones de manipulación. Las urnas cerrarán este domingo en un proceso que el Kremlin busca usar para legitimar su guerra en Ucrania, mientras la oposición denuncia la exclusión de partidos críticos y el uso del voto electrónico.

Más de 111 millones de rusos en 89 regiones están llamados a elegir a los 450 diputados de la Duma —cámara baja del Parlamento— en más de 90.000 colegios electorales. El voto comenzó en Moscú tras ser interceptados 350 drones ucranianos en las últimas 24 horas, según el alcalde Serguéi Sobianin, aunque el Ministerio de Defensa elevó la cifra a 629 aparatos abatidos en toda Rusia. Las regiones más orientales, como Chukotka y Kamchatka, abrieron primero sus urnas.

El partido del Kremlin, Rusia Unida, intentará revalidar su mayoría constitucional con un 33-37% de intención de voto según sondeos oficiales, aunque analistas independientes sitúan su apoyo real en torno al 25%. Para asegurar el 50% final —que le garantizaría una victoria cómoda—, el régimen depende de una baja participación entre quienes rechazan la guerra. Los comunistas, que critican el voto electrónico por considerarlo una herramienta de manipulación, podrían ser los únicos en desafiar al Kremlin, aunque su acceso al Parlamento dependerá de superar el umbral del 5%.

El único partido que se opone abiertamente a la guerra, Yábloko, fue excluido del proceso por el Tribunal Supremo, aunque un centenar de sus candidatos aún compiten por circunscripciones individuales. Según una encuesta del Centro Levada, el 59% de los rusos apoya el cese de los combates, pero el Kremlin se niega a declarar un alto el fuego, lo que mantiene el riesgo de nuevos ataques durante las 72 horas de votación.

Los rusos residentes en el extranjero —más de 1,8 millones en 152 países— votan en 333 colegios, muchos en legaciones diplomáticas. Sin embargo, el número de urnas se ha reducido drásticamente en países como Alemania (de 16 a 2 colegios) e Israel (de 13 a 3), lo que la portavoz del Ministerio de Exteriores, María Zajárova, atribuyó a una «campaña occidental para torpedear las elecciones». El ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, reiteró estas acusaciones, aunque no presentó pruebas.

El voto electrónico, disponible en 32 regiones con 48 millones de electores, ha sido criticado por la oposición por su falta de transparencia. Los habitantes de las cuatro regiones ucranianas anexionadas en 2022Donetsk, Lugansk, Jergón y Zaporiyia— votan por primera vez en unas legislativas, con Donetsk adelantando su votación el 8 de septiembre por «motivos de seguridad».

El contexto: elecciones para legitimar una guerra sin tregua

Estas son las primeras elecciones rusas desde la invasión de Ucrania en 2022, un conflicto que ha redefinido el régimen de Putin. El Kremlin busca usar el proceso electoral para blanquear su imagen internacional, presentando la guerra como una «victoria inevitable» y la oposición como una amenaza marginal. La exclusión de Yábloko y la reducción de colegios en el extranjero refuerzan esta narrativa: el mensaje oficial es que solo quienes apoyan la guerra merecen votar.

Sin embargo, la realidad es distinta. Según datos del Centro Levada, el 59% de los rusos prefiere negociaciones, pero el Kremlin ha evitado cualquier gesto de flexibilidad. Ni siquiera se ha acordado una tregua durante las elecciones, a pesar de que EE.UU. mediara un alto el fuego temporal para visitas diplomáticas recientes. Esto mantiene el riesgo de ataques como los de esta madrugada, que ya han afectado a la logística electoral en zonas fronterizas.

El voto electrónico, aunque limitado, es otro símbolo de cómo el régimen adapta las reglas para garantizar resultados predecibles. En 2016, Rusia Unida obtuvo el 54,2% de los votos, pero esta vez su margen de maniobra es menor: la movilización masiva de recursos en la guerra ha reducido el presupuesto para propaganda electoral, y la fatiga por la crisis económica limita el entusiasmo popular.

Implicaciones: ¿elecciones o teatro político?

Para el Kremlin, estos comicios son un ejercicio de control, no una democracia. La exclusión de la oposición, la manipulación del voto electrónico y las acusaciones a Occidente buscan dos objetivos: legitimar la guerra ante la población y desviar la atención de los problemas internos, como la inflación —superior al 10% anual— o el desabastecimiento en zonas rurales. La anexión de territorios ucranianos, aunque ilegal según el derecho internacional, refuerza la narrativa de «victoria» que Putin necesita para justificar su permanencia en el poder.

Para la oposición, aunque fragmentada, estas elecciones son una prueba de resistencia. Partidos como los comunistas o candidatos independientes intentan demostrar que hay alternativas, pero su margen de acción es mínimo. La exclusión de Yábloko —que en 2016 obtuvo el 7,7% de los votos— es un síntoma claro: el régimen no tolera disidencia en un momento en que la guerra exige unidad aparente.

Internacionalmente, el proceso electoral será usado por Moscú para culpar a Occidente de cualquier irregularidad. Las reducciones en colegios extranjeros —especialmente en países con comunidades rusas críticas, como Alemania o Israel— ya han sido presentadas como una «campaña de sabotaje». Si los resultados no cumplen las expectativas del Kremlin, la narrativa cambiará: se acusará a los países occidentales de boicotear la democracia rusa, aunque en realidad sean los propios mecanismos electorales los que garantizan la victoria de Rusia Unida.

Lo que no está en juego es el poder de Putin. El presidente ruso ya ha asegurado que no habrá alto el fuego mientras Ucrania no acepte las anexiones. Las elecciones, por tanto, no son un referéndum sobre la guerra, sino un ritual de legitimación en un sistema donde la oposición no tiene cabida y la población carece de alternativas reales.

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