El ataque contra la locomotora de un convoy con 206 pasajeros y el cierre temporal del paso de Dorohusk-Yahodyn elevan la tensión en el flanco oriental de la OTAN.
Un dron ruso alcanzó la locomotora de un tren que cubría la ruta Kiev-Varsovia con 206 pasajeros más la tripulación a bordo. El impacto se produjo el pasado domingo a unos dos kilómetros de la frontera polaca, en la región de Volinia, según ha podido saber El Debate. No hubo víctimas. Casi al mismo tiempo, otro ataque alcanzó un camión cerca del paso fronterizo de Dorohusk-Yahodyn, lo que obligó a cerrar el puesto de forma temporal.
Moscú sostiene que sus ataques en esta zona van dirigidos contra infraestructuras del suministro militar occidental a Ucrania. Para Varsovia, la proximidad de los impactos vuelve a poner sobre la mesa la vulnerabilidad de una frontera que separa la invasión de Ucrania del territorio de la OTAN. El episodio llega después de que el primer ministro polaco, Donald Tusk, advirtiera de que esperaba nuevos intentos de atacar o perturbar los pasos fronterizos con Ucrania.
Tusk aseguró el 10 de septiembre que los servicios polacos y ucranianos habían impedido una amenaza contra uno de esos pasos. Afirmó que Varsovia debía prepararse para distintos escenarios en el flanco oriental. Dijo además haber recibido un informe de la CIA sobre posibles acontecimientos en los próximos meses.
El precedente de los drones que entraron en el espacio aéreo polaco
Polonia lleva años preparándose para este escenario. Europa ha pasado de considerar improbable una guerra convencional a organizar su defensa pensando en ella. Para la Unión Europea, el concepto de amenaza híbrida ya incluye sabotajes, ataques contra infraestructuras críticas, ciberataques, manipulación informativa e injerencias extranjeras. El Consejo de la UE sostiene que estas actividades rusas se han intensificado desde la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022. En marzo de este año denunció expresamente campañas rusas y de sus intermediarios contra los Estados miembros.
La diferencia es que Polonia ya no trata la amenaza híbrida como un problema exclusivamente policial o de Inteligencia. Construye una arquitectura militar para un caso más grave: que la presión pase de zona gris a agresión armada. Un precedente directo se produjo el pasado septiembre, cuando varios drones rusos penetraron en el espacio aéreo polaco. Varsovia solicitó consultas bajo el artículo 4 del Tratado del Atlántico Norte y la Alianza activó la misión Eastern Sentry. Esa operación refuerza el flanco oriental con aviones de combate, aeronaves de vigilancia, helicópteros y sistemas de defensa aérea.
El corredor de Suwalki y el Escudo Oriental
La respuesta polaca a un ataque no sería exclusivamente nacional. Sería aliada. Si Rusia atacara militarmente territorio polaco, Varsovia podría solicitar la aplicación del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. La OTAN mantiene fuerzas terrestres avanzadas en el flanco oriental y planes para incrementar su presencia si fuera necesario.
La defensa empezaría por el cielo. Rusia dispone de misiles, drones y aviación capaces de atacar a gran distancia. Ucrania ha demostrado durante la guerra que la defensa aérea se ha convertido en uno de los elementos decisivos de cualquier conflicto moderno. La ventaja polaca no estaría en combatir sola, sino en la integración. Los radares polacos, los aviones nacionales, los sistemas Patriot, los F-35, los F-16, los aviones de vigilancia aliados y las baterías de otros países pueden formar parte de una misma arquitectura de mando y control. La OTAN ha desplegado también aeronaves AWACS para reforzar la vigilancia del espacio aéreo oriental.
La segunda línea de defensa estaría en tierra. Aquí aparece uno de los puntos más delicados del mapa europeo: el corredor de Suwalki, la franja que conecta Polonia con Lituania y separa Bielorrusia del enclave ruso de Kaliningrado. En un conflicto convencional en el Báltico, mantener abierta esa conexión sería fundamental para reforzar a los países bálticos desde el resto de Europa. Por eso Polonia no solo compra armamento. También fortifica su frontera oriental mediante el programa Escudo Oriental, destinado a crear obstáculos, fortificaciones y sistemas de vigilancia que dificulten un eventual avance enemigo.
La lógica es ganar tiempo. Si una fuerza atacante tuviera que superar obstáculos y posiciones defensivas, la OTAN dispondría de más margen para trasladar tropas, aviones, munición y sistemas de defensa desde Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Estados Unidos y otros aliados. Ese factor, el tiempo, explica buena parte del esfuerzo militar polaco.
El gasto militar polaco, el más alto de la Alianza
El ministro de Exteriores polaco, Radosław Sikorski, ha elevado el tono del debate al plantear qué ocurriría si Rusia atacara directamente a un país de la OTAN. Ha defendido públicamente que la Alianza dispone de una superioridad aérea abrumadora y podría derrotar a Rusia con rapidez, incluso sin la participación de Estados Unidos.
Una guerra contra Polonia no necesariamente comenzaría con un ataque masivo. Podría empezar con una combinación de ataques contra redes eléctricas, ferrocarriles, comunicaciones y sistemas militares, acompañados de drones, sabotajes y campañas destinadas a generar confusión. El objetivo sería ralentizar la movilización polaca y dificultar la llegada de refuerzos aliados. La defensa tendría que funcionar a la vez en tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y en el terreno de la información.
En 2022, la invasión rusa convirtió la defensa territorial europea en una prioridad que durante años había quedado relegada. Desde entonces, la Unión Europea ha pasado de gestionar principalmente una relación económica y política con Rusia a tratarla también como una amenaza directa para su seguridad. La evolución se mide en decisiones concretas: la UE mantiene sanciones económicas contra Rusia, ha creado un régimen específico para sus actividades y ha aumentado el gasto europeo en defensa.
Polonia ha ido incluso más lejos. Su gasto militar previsto para este año equivale al 4,81 % del PIB, el más alto de la Alianza. Refleja una percepción de amenaza que no existía en la misma escala antes de 2022. Moscú interpreta este proceso de manera inversa. El Kremlin rechaza la idea de que Rusia esté preparando una guerra contra la OTAN y presenta el aumento de las capacidades militares occidentales como parte del problema. Para Rusia, el apoyo europeo a Ucrania y el refuerzo militar del flanco oriental forman parte de una confrontación que Occidente ha decidido ampliar.





