El Gobierno critica el doble rasero de la UE en el Estado de derecho y su falta de respuesta a la crisis migratoria, mientras la derecha denuncia fallos del TJUE en el ‘procés’
El Gobierno de Pedro Sánchez ha roto abiertamente con la Comisión Europea tras las críticas de 22 líderes europeos a la gestión de la crisis migratoria en Ceuta. En una carta enviada a Ursula von der Leyen y António Costa, Sánchez acusó a Bruselas de soledad y falta de solidaridad, centrada solo en el riesgo de entrada ilegal de migrantes. La tensión refleja un patrón: desde el procés hasta la guerra de Gaza, España acumula cuentas pendientes con la UE.
La crisis de Ceuta, con más de 1.000 migrantes en la ciudad en agosto, desencadenó la carta de los 22 jefes de Estado. Aunque no mencionaron restricciones a Schengen, el Gobierno español interpretó el mensaje como una amenaza velada. Von der Leyen respondió enfocándose en el control fronterizo, ignorando la solicitud de ayuda de Madrid. Sánchez, que ha alineado su política exterior con Bruselas desde 2018, calificó el trato como inaceptable.
El desencanto no es nuevo. Tras el procés, la derecha española criticó la debilidad de la UE al no extraditar a Carles Puigdemont y por fallos del Tribunal de Justicia de la UE (UJUÉ) a favor de los independentistas. La izquierda, por su parte, reprocha a Von der Leyen su parálisis en Gaza, donde España exigía medidas contra Israel y solo recibió silencio institucional.
Aunque las encuestas siguen mostrando un europeísmo mayoritario en España, el Gobierno y la oposición coinciden en señalar dobles raseros: desde el Estado de derecho (ley de amnistía) hasta la gestión de crisis. La Comisión, según Sánchez, prioriza la forma sobre la sustancia, mientras sectores conservadores denuncian que Bruselas premia el desafío institucional.
El conflicto no es solo político. La sociedad española, históricamente proeuropea, ve cómo su ideal de integración choca con una UE que actúa con criterios cambiantes. Mientras el Gobierno reclama cohesión, la oposición exige firmeza. Lo cierto es que, por primera vez en décadas, el euroescepticismo ya no es marginal: es una realidad transversal.







