La exministra chavista, sancionada hasta 2024, celebra un encuentro secreto con el presidente estadounidense y consolida su papel como interlocutora clave en la nueva etapa de Caracas, mientras Machado sigue atrapada en Panamá
Delcy Rodríguez, exministra y figura central del chambismo sancionada por Estados Unidos hasta septiembre de 2024, ha logrado este martes en Nueva York un hito diplomático sin precedentes: un encuentro privado con Donald Trump durante la Asamblea General de la ONU. El encuentro, confirmado por la propia Rodríguez en su cuenta de X, marca el punto de inflexión en su metamorfosis política, pasando de denunciar a Washington como «terrorismo de Estado» a convertirse en la interlocutora privilegiada de la administración estadounidense en Venezuela, donde ahora ejerce como presidenta *de facto* tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026.
El giro es total: mientras Rodríguez posaba sonriente junto a Trump —mostrando los dos dedos de la victoria en una foto que se hizo viral—, su principal rival política, María Corina Machado, líder de la oposición, seguía atrapada en Panamá por problemas administrativos y presiones diplomáticas. La administración Trump, que hasta 2024 incluía a Rodríguez en su lista de sancionados por violaciones de derechos humanos, ha dado un portazo definitivo a Machado, cuya medalla del Premio Nobel entregó simbólicamente al propio Trump en 2024, sin que ello haya abierto ninguna puerta para su regreso a Venezuela.
El encuentro se produjo en el Hotel Lotte New York Palace, en un formato discreto sin rueda de prensa, similar al usado por Trump con otros líderes polémicos como el sirio Basar al-Assad o el brasileño Jair Bolsonaro. Según fuentes de la Casa Blanca citadas por El Mundo, el diálogo giró en torno a «energía, minería, seguridad y cooperación estratégica», áreas donde Venezuela —con sus reservas de petróleo y minerales— se ha convertido en un socio clave para Washington en su estrategia geopolítica frente a China y Rusia.
Rodríguez, quien hasta hace dos años calificaba las sanciones estadounidenses de «crimen contra la humanidad», publicó en X un comunicado en el que agradeció a Trump «el decidido apoyo» durante los terremotos de junio de 2026 y su «respaldo al proceso de reinserción de Venezuela en los espacios multilaterales». El texto omitió cualquier mención a derechos humanos, democracia o elecciones, temas centrales en la agenda de la oposición.
El contexto: de sancionada a aliada en menos de dos años
La evolución de Rodríguez es un ejemplo de cómo la geopolítica puede reescribir carreras políticas en tiempo récord. En septiembre de 2018, durante el primer mandato de Trump, su nombre apareció en la lista de sancionados del Departamento del Tesoro por «corrupción y represión». Sin embargo, tras la operación militar que capturó a Maduro en enero de 2026 —un golpe de Estado respaldado indirectamente por sectores de la inteligencia estadounidense—, Washington inició un viraje estratégico.
El 1 de abril de 2026, el Tesoro eliminó a Rodríguez de la lista negra. En julio, la administración Trump solicitó al Departamento de Justicia que reconociera su inmunidad diplomática, argumentando que ahora era «jefa de Estado» de Venezuela. El acuerdo definitivo llegó en agosto, cuando ambos gobiernos cerraron un pacto secreto sobre petróleo, deuda externa y reconstrucción industrial, según documentos filtrados a medios internacionales. A cambio, Caracas prometió estabilidad en el suministro energético a Estados Unidos y limitaciones a la influencia rusa en su territorio.
Este martes, Rodríguez cerró su reconversión diplomática con el gesto más simbólico: el beso y saludo a Pedro Sánchez durante la sesión plenaria de la ONU, una imagen que contrastó con las sanciones comunitarias que aún pesan sobre ella en la UE. España, que hasta hace poco llamaba a Rodríguez «presidenta temporal» y acogió a exiliados chapistas como Edmundo González Urrutia, la invitó a la Cumbre Iberoamericana de Madrid (noviembre de 2026), a pesar de las restricciones europeas. El Gobierno de Sánchez, atrapado entre su apoyo histórico a Machado y los intereses energéticos, ha optado por una postura pragmática: diálogo con Caracas sin romper con la oposición.
Las consecuencias: Machado fuera de juego y un régimen sin transición
El encuentro Trump-Rodríguez es un mazazo para Machado, quien lleva meses intentando regresar a Venezuela sin éxito. Mientras Rodríguez consolidaba su alianza con Washington, Machado se vio obligada a cancelar una visita a Colombia por «problemas de documentación», según fuentes de su equipo. Analistas consultados por El Mundo señalan que la administración Trump ha optado por una estrategia de «divide y vencerás»: eliminar a la oposición como actor relevante y negociar directamente con el régimen, ahora liderado por Rodríguez y un Consejo Militar de Transición.
La ausencia de referencias a elecciones, democracia o derechos humanos en el comunicado conjunto es reveladora. Fuentes diplomáticas europeas consultadas por este medio indican que Bruselas ha aceptado, de facto, el statu quo: un gobierno interino sin plazo definido para elecciones, a cambio de estabilidad en el suministro de petróleo y minerales críticos para la transición energética. La UE, que en 2020 detuvo a Rodríguez en el aeropuerto de Bájaras (Alicante) por las sanciones comunitarias —un episodio que nunca se aclaró del todo—, ha evitado cualquier mención pública a su invitación a Madrid.
Para Venezuela, el acuerdo con Trump significa el fin del aislamiento económico. El país, asfixiado por la hiperinflación y la caída del 80% en su PIB desde 2013, podría acceder a créditos internacionales y reanudar exportaciones de petróleo a cambio de ceder el control de sus reservas a empresas estadounidenses. El precio político, sin embargo, es alto: la oposición, ya fragmentada, ha perdido toda influencia, y Machado —aunque sigue siendo la líder más popular— ha quedado relegada a un papel testimonial.
El caso de Rodríguez ilustra cómo la política exterior puede redefinir destinos individuales en cuestión de meses. De ser una de las voces más duras contra Occidente, pasó a ser la artífice de un acuerdo que podría salvar a Venezuela de un colapso total, aunque a costa de legitimar un régimen sin democracia. Mientras, Machado —cuya medalla del Nobel entregó a Trump en 2024— sigue atrapada en Panamá, sin que nadie en Washington parezca interesado en facilitarle el regreso.





