El presidente estadounidense condiciona la retirada de tropas a un escenario similar al de Caracas, mientras se pospone una cumbre regional clave en Omán
Donald Trump ha abierto este domingo la posibilidad de que Estados Unidos no retire sus tropas de Irán tras un eventual conflicto, anunciando que su país podría «quedarse con el petróleo», siguiendo el modelo aplicado en Venezuela. La declaración, realizada durante su visita al Irish Open de golf en Doonbeg (Irlanda), llega en un contexto de creciente tensión regional y a menos de dos meses de las elecciones de medio mandato en EE.UU. (3 de noviembre).
Trump vinculó explícitamente su estrategia a las elecciones internas, insistiendo en que la decisión final sobre la retirada de tropas dependerá de los resultados electorales. «Al final nos iremos. A menos que decidamos quedarnos y quedarnos con el petróleo, como en Venezuela», declaró ante los medios, en un mensaje que contrasta con las posturas tradicionales de Washington sobre la soberanía de los recursos naturales de otros países.
La amenaza se produce en un momento en que se esperaba una reunión histórica entre Irán y varios países árabes —incluyendo a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Omán y Qatar—, prevista para este lunes en Salalah (Omán). Sin embargo, la cumbre ha sido pospuesta sine die por «petición de algunos países de la región», según confirmaron tanto el ministro de Exteriores omaní, Badr al Busaidi, como el Ministerio de Exteriores de Qatar. La decisión, adoptada de forma conjunta con Irán, busca «garantizar las condiciones adecuadas para un diálogo constructivo», según fuentes diplomáticas iraníes citadas por la agencia estatal IRNA.
El aplazamiento refleja las profundas divisiones en la región, donde Israel —ausente de la reunión inicial— sigue siendo un actor clave en la ecuación. Trump, al ser preguntado sobre el encuentro, respondió con desdén: «No me importa. Es cosa suya», antes de añadir que solo le interesaría si los países involucrados «son felices» con el resultado. Su postura contrasta con la de la administración anterior, que priorizó el diálogo regional como herramienta para contener la influencia iraní.
La amenaza de Trump de quedarse con el petróleo iraní evoca su política en Venezuela, donde su gobierno ha mantenido un control efectivo sobre los recursos petroleros del país, a pesar de las sanciones internacionales. Este paralelismo, subrayado por el propio presidente, sugiere un posible cambio en la estrategia estadounidense hacia Irán, donde Washington ha mantenido una presencia militar significativa en los últimos años.
El contexto geopolítico es especialmente delicado. Irán ha aumentado su apoyo a grupos armados en la región, como Hezbolá en Líbano o las milicias Huthi en Yemen, mientras que Arabia Saudí y Israel han intensificado sus operaciones militares contra objetivos iraníes. La posposición de la cumbre de Salalah podría indicar que las diferencias entre las partes son insalvables a corto plazo, o que algunos actores buscan ganar tiempo para ajustar sus posturas.
Mientras, el Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG) —que agrupa a los seis países árabes del Golfo— ha reafirmado su compromiso con la estabilidad regional, aunque sin mencionar directamente a Irán. La suspensión de la reunión, sin embargo, deja en el aire si este diálogo podrá reanudarse en el futuro cercano, especialmente si Trump mantiene su postura de condicionar la retirada de tropas a intereses económicos.
El precedente de Venezuela: cómo Trump aplicó su estrategia petrolera
La referencia de Trump a Venezuela no es casual. Desde que asumió la presidencia en 2017, su administración ha implementado una política de «máxima presión» sobre el gobierno de Nicolás Maduro, combinando sanciones económicas con un control indirecto sobre los recursos naturales del país. En 2019, tras el intento de golpe de Estado contra Maduro, empresas estadounidenses —con el respaldo de Washington— comenzaron a operar en el sector petrolero venezolano, a pesar de las protestas internacionales.
Esta estrategia ha incluido la contratación de empresas de seguridad privadas para proteger las instalaciones petroleras, así como la creación de un «fondo de liquidez» para pagar a los trabajadores del sector, controlado por la oposición venezolana. El resultado ha sido un aumento de la producción de petróleo en zonas bajo influencia de EE.UU., aunque con graves consecuencias humanitarias, como la escasez de medicinas y alimentos en otras regiones del país.
Si Trump aplica un modelo similar en Irán, podría implicar la nacionalización de facto de los yacimientos petrolíferos iraníes bajo control estadounidense, algo que violaría el derecho internacional,, pero que ya ha sido probado en Venezuela. La diferencia clave sería la escala: Irán produce alrededor de 3,8 millones de barriles de petróleo al día (según datos de la OPEP de 2025), frente a los 700.000 barriles diarios de Venezuela antes de la crisis. Una intervención de este tipo tendría un impacto global en los mercados energéticos, ya de por sí pensionados por la guerra en Ucrania y los conflictos en Oriente Medio.
¿Qué se juega cada actor en la región?
Para Irán, la posposición de la cumbre de Salalah es una victoria táctica. El régimen de los ayatolás ha logrado evitar un encuentro que, de celebrarse, habría puesto en evidencia sus tensiones con los países del Golfo, especialmente Arabia Saudí e Israel. Irán ha utilizado su influencia en grupos armados como Hezbolá y los Huthi para presionar a sus vecinos, mientras que su programa nuclear —aunque limitado por el acuerdo de Viena de 2015— sigue siendo un tema de conflicto con Occidente.
Para los países del CCG, la suspensión de la cumbre refleja su división interna. Arabia Saudí, bajo el liderazgo de Mohammed bin Salmán, ha intentado mediar entre Irán y sus rivales, pero su capacidad de influencia ha disminuido tras los ataques de los Huthi contra sus instalaciones petroleras. Por su parte, Emiratos Árabes Unidos y Qatar han adoptado posturas más pragmáticas, buscando equilibrar sus relaciones con Irán y Occidente.
Israel, aunque no estaba invitado a la reunión inicial, tiene un interés directo en el resultado. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha advertido en repetidas ocasiones sobre la amenaza que representa Irán para la seguridad regional, especialmente tras los ataques con drones y misiles contra instalaciones israelíes en los últimos meses. La posible retirada de tropas estadounidenses —o su reemplazo por una presencia económica— podría debilitar la capacidad de Israel para contener a Irán.
Finalmente, para Estados Unidos, la estrategia de Trump responde a dos objetivos: garantizar el suministro energético para reducir la dependencia del petróleo de otros proveedores (como Arabia Saudí o Canadá) y presionar a Irán en un momento en que su influencia en la región es creciente. Sin embargo, esta aproximación conlleva riesgos: una escalada militar en Irán podría desencadenar un conflicto regional de mayores proporciones, con consecuencias impredecibles para los mercados globales y la estabilidad de Oriente Medio.
El calendario electoral: ¿hasta cuándo puede Trump mantener esta postura?
Las elecciones de medio mandato en EE.UU. (3 de noviembre) son un factor clave en la estrategia de Trump. Históricamente, los presidentes estadounidenses evitan decisiones militares o económicas de gran calado en los meses previos a comicios, por temor a que afecten a su popularidad. Sin embargo, Trump ha roto este patrón en el pasado, como ocurrió con el asesinato de Qasem Solimán en Bagdad (2020), un ataque que generó una fuerte reacción internacional pero que también le reportó apoyo entre su base electoral.
Si Trump mantiene su postura hasta después de las elecciones, podría enfrentar una resistencia significativa en el Congreso, donde tanto demócratas como republicanos moderados podrían oponerse a una intervención directa en Irán. Además, una estrategia basada en el control de recursos petroleros choca con la retórica tradicional de EE.UU. sobre la soberanía de los países, lo que podría generar tensiones con aliados europeos y latinoamericanos.
Por otro lado, si Trump pierde las elecciones en noviembre, su sucesor —ya sea Joe Biden o un candidato republicano más moderado— podría revertir esta política, priorizando el diálogo diplomático sobre la presión económica y militar. Esto dejaría a Irán en una posición más fuerte, con mayor capacidad para expandir su influencia en la región sin la amenaza de una intervención directa de EE.UU.
En cualquier caso, el mensaje de Trump deja claro que la relación entre Washington y Teherán está en un punto de inflexión. La amenaza de quedarse con el petróleo iraní no es solo una declaración retórica: refleja un cambio en la doctrina estadounidense sobre cómo manejar los conflictos en Oriente Medio, donde la fuerza militar ya no es la única herramienta, y los recursos económicos pasan a primer plano.







