La izquierda sueca logra mayoría ajustada, pero su coalición enfrenta divisiones profundas entre socios con programas opuestos
Magdalena Anderson, líder del Partido Socialdemócrata sueco, podría convertirse en primera ministra tras unas elecciones donde su formación obtuvo su peor resultado desde 1908 (28,1% de los votos, frente al 30,3% anterior), pero su bloque logró una mayoría parlamentaria de 176 escaños —tres más que el bloque conservador saliente—. La victoria se debe al avance de sus socios: el Partido de la Izquierda (8,3%, 29 escaños), los Verdes (6,1%, 22 escaños) y el Partido del Centro (7,1%), que sumaron votos de electores descontentos con las políticas socialdemócratas en temas como inmigración.
Sin embargo, la coalición enfrenta divisiones irreconciliables: el Partido del Centro, liberal en economía, rechaza subir impuestos a los multimillonarios y se niega a compartir gobierno con el Partido de la Izquierda, que exige medidas progresistas como limitar beneficios empresariales. Los Verdes, por su parte, exigen priorizar el clima y oponerse a nuevos reactores nucleares. Anderson no necesita 175 votos para gobernar: bastará con que no haya 175 en contra en el Riksdag, el parlamento sueco, gracias a un sistema de parlamentarismo negativo.
El retroceso de la ultraderecha —Demócratas de Suecia cayó del 20,5% al 17,5% y perdió once escaños— contrasta con el ascenso de la izquierda moderada. Analistas como Jonas Hinnfors señalan que los socialdemócratas adoptaron políticas más restrictivas en inmigración para evitar el colapso electoral, un patrón que se repite en otras socialdemocracias europeas como Dinamarca. El nuevo parlamento se reúne el 28 de septiembre, y las negociaciones para formar gobierno podrían alargarse semanas.
La paradoja sueca refleja una tendencia europea: la izquierda moderada gana escaños, pero pierde capacidad de gobierno por coaliciones fragmentadas, mientras la ultraderecha, aunque en declive, logra imponer su agenda a otros partidos. En este caso, Andersson hereda un país más dividido que nunca, con una clase política fracturada y un debate sobre cómo equilibrar progresismo económico con restricciones migratorias.







