La primera ministra alcanza los 1.413 días de mandato ininterrumpido en el Palacio Chigi tras superar la marca del segundo Ejecutivo de Silvio Berlusconi.
Con 1.413 días de mandato ininterrumpido a sus espaldas en el Palacio Chigi, la primera ministra Giorgia Meloni se ha convertido en la mandataria más longeva de la historia republicana de Italia al superar la marca que ostentaba el segundo Gobierno de Silvio Berlusconi entre los años 2001 y 2005. La jefa de Gobierno consolidó este registro tras jurar su cargo ante el presidente de la República, Sergio Mattarella, en el Palacio del Quirinal, abriendo una etapa en la que la continuidad institucional se asienta en la política transalpina tras décadas caracterizadas por la constante rotación de gabinetes ministeriales.
El Ejecutivo encabezado por Meloni sostiene su permanencia mediante una coalición que retiene el control de las dos cámaras legislativas. El bloque gubernamental dispone de mayoría absoluta tanto en la Cámara de los Diputados como en el Senado, amparado por un marco electoral mixto que combina el reparto proporcional con primas de mayoría diseñadas específicamente para fortalecer a las alianzas cohesionadas. Dentro de esta fórmula parlamentaria, los socios minoritarios de la coalición conservan carteras estratégicas: Antonio Tajani, líder de Forza Italia, ocupa la cartera de Asuntos Exteriores y una de las vicepresidencias, mientras que Matteo Salvini, máximo representante de la Liga, ejerce como vicepresidente y responsable del Ministerio de Infraestructuras.
El pulso electoral interno y la presión de Futuro Nacional
Pese a la longevidad del gabinete, la correlación de fuerzas dentro del espacio de la derecha italiana afronta movimientos que alteran el equilibrio parlamentario original. La formación de la mandataria, Hermanos de Italia, mantiene la primera posición en las estimaciones de voto, pero sus aliados tradicionales experimentan un desgaste continuado. Tanto la Liga de Salvini como Forza Italia retroceden en intención de voto ante la irrupción de Futuro Nacional, formación ultraconservadora liderada por Roberto Vannacci. Esta nueva fuerza política busca disputar el espacio electoral desde fuera del Gobierno, incrementando la presión sobre los dos socios minoritarios del Palacio Chigi y amenazando la cohesión del bloque mayoritario de cara a las próximas elecciones generales de 2027.
A este escenario de tensión interna se suma el desgaste legislativo provocado por la derrota en el referéndum constitucional para reformar la Justicia italiana. Aquella consulta popular frenó las aspiraciones del Ejecutivo de transformar la arquitectura judicial del país, terminando con la trayectoria invicta que la primera ministra había sostenido en las urnas desde su investidura. Con ese traspié institucional, el balance de reformas estructurales del Gobierno ha quedado acotado principalmente a medidas de seguridad ciudadana y al endurecimiento mediático del Código Penal, un balance modesto frente a las expectativas iniciales de su mandato.
Equilibrio fiscal con desaceleración económica de cara a 2027
En el terreno financiero, la gestión gubernamental muestra contrastes en los indicadores macroeconómicos clave del Estado transalpino. Durante estos casi cuatro años de gestión continuada, el Ejecutivo ha preservado el equilibrio presupuestario y ha logrado reducir la prima de riesgo italiana hasta el entorno de los 80 puntos básicos. No obstante, el crecimiento del producto interior bruto del país permanece por debajo del 1%, un ritmo insuficiente para corregir problemas estructurales históricos como los salarios bajos y los elevados niveles de inflación. Esta ralentización económica constituye el principal eje de crítica para los partidos de la oposición progresista, que plantean la contienda electoral de 2027 denunciando el estancamiento social frente a lo que el oficialismo defiende como estabilidad.
La profesora Vera Capperucci, especialista de Teoría e Historia de los Movimientos y de los Partidos Políticos en la Universidad Luiss de Roma, analiza que el Ejecutivo de Meloni destaca por haber sido la única fuerza que permaneció de manera constante en la oposición durante las legislaturas anteriores. Esa posición le permitió estructurar un programa político integral pensado para una legislatura completa, distanciándose del modelo tradicional italiano de respuestas tácticas ante crisis gubernamentales sobrevenidas.
El giro hacia Bruselas tras el distanciamiento con Washington
En el plano diplomático exterior, la trayectoria del Gobierno transalpino ha experimentado una reconfiguración forzada por las tensiones transatlánticas. Inicialmente, la cercanía personal y política entre Meloni y Donald Trump perfiló a la mandataria italiana como un puente de interlocución entre Bruselas y Washington. Sin embargo, las fricciones comerciales derivadas de la imposición de aranceles, la disputa geopolítica en torno a Groenlandia y los ataques frontales del dirigente estadounidense contra el Papa León XIV desencadenaron una respuesta contundente desde Roma. La primera ministra calificó esas declaraciones papales de inaceptables y reivindicó la autonomía estatal con la consigna de que ni su persona ni Italia piden limosna.
Este distanciamiento respecto a la línea trumpista empujó a la primera ministra a consolidar su anclaje en el tablero comunitario europeo, transformando su inicial perfil ideológico en un europeísmo pragmático que le ha otorgado fiabilidad ante los socios de la Unión Europea. Para las cancillerías continentales, la permanencia de Meloni representa un factor de previsibilidad dentro de los márgenes institucionales comunitarios, si bien la falta de una política industrial expansiva y el debilitamiento de sus socios de coalición suponen los mayores desafíos para culminar el ciclo institucional sin mayores sobresaltos.
Fuente: El Mundo







