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La candidata de Fuerza Popular, sin rémoras judiciales, apuesta por la seguridad ante el miedo a la violencia callejera y la inestabilidad política que ha marcado al país andino

Kiko Sofía Fujimori Piluchi, de 50 años, lidera las encuestas para la primera vuelta electoral en Perú con un discurso centrado en la seguridad que refleja el miedo de los ciudadanos a la violencia extrema y la inestabilidad institucional. Tras tres derrotas consecutivas en elecciones presidenciales (2011, 2016 y 2021), la hija del expresidente Alberto Fujimori —condenado por delitos de lesa humanidad— aspira a romper su maldición electoral, aunque los sondeos para el balotaje aún no deciden su destino.

Fujimori, sin las rémoras judiciales de blanqueo de capital que la mantuvieron 18 meses en prisión preventiva, recupera los mensajes de «mano dura» contra la delincuencia que han convertido a Perú en un territorio con altos índices de saqueos y violencia urbana. Su principal rival en el discurso de seguridad son Rafael López Aliaga, exalcalde de Lima, y Carlos Álvarez, cómico y político conservador, quienes comparten su postura intransigente frente al crimen organizado.

La seguridad se ha convertido en la principal preocupación de los peruanos, tanto en el país como en la diáspora. Los emigrantes evitan regresar por temor a los ataques de bandas criminales que operan con impunidad en las calles, según denuncian colectivos de exiliados. Fujimori promete erradicar esta violencia sin concesiones, un mensaje que resuena en una sociedad cansada de la inestabilidad: en la última década, Perú ha tenido ocho presidentes distintos, un récord que atribuyen a su gestión parlamentaria y a la polarización política.

Su camino hacia la candidatura no ha sido fácil. Tras la caída de su padre en 2000 —cuando se destaparon sus vínculos con el tráfico de armas y casos de terrorismo de Estado—, Kiko heredó un apellido que ya no era sinónimo de estabilidad. A pesar de lograr mayoría en el Congreso en las últimas elecciones, su gestión parlamentaria fue criticada por no lograr consensos, lo que le valió el rechazo del electorado. Además, su hermano Kanji Fujimori intentó disputarle el liderazgo del partido para lograr el indulto de su padre, un movimiento que terminó costándole la presidencia a Pedro Pablo Kuczynski (PPK) en 2018.

Hoy, sin las etiquetas de «ladrona» o «delincuente» que le adjudicaron sus rivales, Fujimori se presenta como la única opción capaz de restaurar el orden. Su formación, Fuerza Popular, mantiene una base de seguidores incondicionales, herederos del legado de su padre, quien gobernó con mano dura en los años 90 para erradicar a los movimientos terroristas Sendero Luminoso y MRTA. Sin embargo, su éxito dependerá de si logra convencer a un electorado dividido entre el miedo a la inseguridad y el hartazgo por la inestabilidad política.

El legado de Alberto Fujimori: de héroe a villano

El ascenso de Kiko Fujimori está indisolublemente ligado al legado de su padre, Alberto Fujimori, cuya figura pasó de ser un ídolo nacional a convertirse en un símbolo de la corrupción y la represión. En los años 90, Fujimori senior se convirtió en el salvador de Perú tras liquidar a los grupos terroristas que asolaban el país, una hazaña que le valió un apoyo masivo. Su política neoliberal y de apertura económica también atrajo inversiones, aunque a costa de graves violaciones a los derechos humanos, como la tortura y los «vuelos de la muerte» perpetrados por su gobierno.

El giro llegó en 2000, cuando se destaparon sus vínculos con el tráfico de armas y su participación en casos de terrorismo de Estado junto a Vladimir Montesinos, su mano derecha y ex capitán del Ejército. Fujimori dimitió desde Japón y fue destituido por incapacidad moral, pero su influencia persistió. Kiko, entonces con 19 años, asumió el rol de primera dama tras el divorcio de sus padres —un episodio marcado por la denuncia de su madre, Susana Piluchi, quien afirmó haber sido torturada y sometida a electroshocks en los sótanos del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE).

Keiko estudió Administración de Empresas en Boston y un máster en Columbia, formándose bajo la tutela de su padre, quien consideraba que sus hijos debían tener una preparación internacional. Sin embargo, su carrera política no despegó como se esperaba. En 2000, cuando su padre cayó en desgracia, el apellido Fujimori perdió su valor electoral. A pesar de lograr mayoría en el Congreso en las últimas elecciones, su gestión parlamentaria fue señalada como responsable de la inestabilidad política que ha caracterizado a Perú en la última década.

La seguridad como eje electoral: ¿puede Fujimori romper su maldición?

El discurso de seguridad de Fujimori responde a una realidad cruda: Perú es uno de los países más violentos de la región. Según datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en 2025 se registraron más de 30.000 robos con violencia y 1.200 homicidios vinculados a bandas criminales. La percepción de inseguridad es tan alta que incluso sectores de la clase media, tradicionalmente leales a la izquierda, han comenzado a cuestionar su postura frente a la delincuencia.

Sus rivales, López Aliaga y Álvarez, comparten su postura intransigente, pero Fujimori tiene una ventaja: es la única candidata con experiencia en el gobierno. Sin embargo, su historial parlamentario —marcado por la falta de consensos y la polarización— pesa sobre su campaña. Los sondeos para el balotaje aún no son concluyentes, pero su liderazgo en la primera vuelta refleja que, para muchos peruanos, la seguridad es una prioridad absoluta.

El desafío de Fujimori no es solo derrotar a sus rivales, sino demostrar que puede gobernar sin caer en los errores de su padre. Su éxito dependerá de si logra convencer a un electorado que ya no cree en las promesas de cambio, sino en soluciones concretas para un problema que parece no tener fin: la violencia en las calles.

Mientras tanto, la diáspora peruana en el extranjero sigue observando con esperanza y escepticismo. Muchos, como los que viven en España, han decidido no regresar por miedo a los saqueos y la impunidad. Para ellos, la elección de este domingo no es solo una votación, sino una decisión sobre el futuro de un país que, durante décadas, ha sido sinónimo de inestabilidad.

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