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El alcalde de L’Hospitalet, nacido en un pueblo sin agua ni luz, se convirtió en símbolo de la Catalunya pluricultural con 14 años como regidor y un salto al Gobierno de Zapatero

Celestino Corbacho, alcalde de L’Hospitalet de Llobregat entre 1994 y 2008, pasó de dormir en un jergón de rastrojos en Extremadura a liderar la segunda ciudad de Cataluña. Su historia —desde un viaje en tren a los 15 años hasta presidir la Diputación de Barcelona— refleja cómo el PSC integró a inmigrantes en puestos clave, desafiando el estereotipo de que el origen determinaba el ascenso político.

Nacido en 1949 en Valverde de Leganés (Badajoz), Corbacho llegó a Barcelona en 1964 con un certificado de la Guardia Civil que le permitía viajar solo. Vivió sus primeros años en un chozo sin electricidad, trabajando desde los 14 años con pico y pala en obras. En Cataluña, su trayectoria —de aprendiz en imprentas a emprendedor en interiorismo— le llevó a militar en el PSC en 1976. Doce años después, el partido lo incluyó en sus listas municipales, iniciando una carrera que incluyó cuatro mayorías absolutas en L’Hospitalet y el cargo de ministro de Trabajo e Inmigración en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero (2008-2010).

Su caso simboliza un cambio en la política catalana: mientras figuras como José Montilla (nacido en Córdoba) también rompieron barreras, Corbacho destacó por su integración sin renunciar a su acento extremeño. «Ejercemos la catalanidad a nuestra manera», declaró en 2019, citando a Jordi Pujol. Su legado incluye la rehabilitación de la Carretera del Mig, asfaltada décadas antes cuando trabajaba en ella, y la normalización de la Diada en Extremadura, un reconocimiento tardío a su contribución.

Hoy, con 77 años y fuera de la primera línea política, Corbacho sigue vinculado a Barcelona como concejal de Manuel Valls hasta 2022. Su trayectoria —desde la pobreza rural hasta los despachos institucionales— contrasta con el debate actual sobre la inmigración en Cataluña, donde su figura recuerda que el mérito, no el origen, abrió puertas en el PSC.

El trayecto que lo llevó a la ciudad comenzó con un viaje de ocho horas a Madrid y más de diez a Barcelona, una travesía que marcó su primer contacto con la vida urbana. Al llegar, se instaló en el número 419 del Passeig Maragall, compartiendo una habitación con sus dos hermanos y un joven más, donde empezó a trabajar con pico y pala en obras públicas, sudando asfaltando la Carretera del Mig, una vía que años después, como alcalde, tendría que rehabilitar por completo. Paralelamente, se formó como aprendiz en una imprenta, vendió libros de psicología en un grupo editorial y, más tarde, electrodomésticos a domicilio, todo mientras cursaba el bachillerato nocturno y aprendía catalán, construyendo una red de amistades que lo integró en la sociedad catalana sin perder su identidad extremeña.

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